Las hormigas son las heroínas más pequeñas de esta leyenda. Quetzalcóatl se transformó en una hormiga negra, y una hormiga roja lo acompañó como compañera en el largo viaje. Juntas cruzaron las montañas por los caminos estrechos que solo conocen los animales más pequeños: los caminos donde la fuerza de los grandes dioses no servía de nada.
Como hormiga, Quetzalcóatl solo podía cargar un grano maduro entre sus mandíbulas, pero un solo grano, sembrado y cuidado, fue suficiente para alimentar a todo un pueblo.